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Transhumanismo: ¿logrará la tecnología proporcionarnos la inmortalidad?

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Transhumanismo: ¿logrará la tecnología proporcionarnos la inmortalidad?

La muerte es una enfermedad curable. Esta es la idea más sugerente que maneja el transhumanismo, una corriente de pensamiento construida sobre la base de un mundo tecnológico en el que las personas, supuestamente, nos fundiremos con las máquinas. El transhumanismo habla de curar la mortalidad, pero no solo eso: en los últimos tiempos esta filosofía ha crecido imparable en ramificaciones que van de la cuestión médica a la teoría política o el simbolismo contracultural.

¿Pero de dónde viene todo esto? El concepto ‘transhumanismo’ adquirió cierta fama en 1990, después de que el CEO de Alcor Life Foundation, Max More, manifestara su optimismo hacia la posibilidad de mejorar la condición humana mediante la tecnología. Tanto More como los defensores de esta corriente creen que la especie humana puede ampliar su potencial a través de una integración biotecnológica.

Esta creencia, cada vez más compartida, lleva tiempo siendo alentada por los avances en ingeniería genética, por un lado, y la democratización de las tecnologías de la información por el otro, cóctel al que cabría añadir la creciente investigación en nanotecnología molecular y en inteligencia artificial.  Todo parte del ser humano y todo tiende hacia la máquina.

Entonces, la premisa central del transhumanismo es que la evolución biológica será eventualmente superada por los avances en tecnología genética, con aplicaciones wereables e implantables que ampliarán las capacidades humanas y acelerarán artificialmente el proceso evolutivo. Este fue el núcleo de la carta fundadora de Moore en 1990. El texto de varios autores ‘la declaración humanista’ afirma en uno de sus puntos: “Favorecemos la libertad morfológica. El derecho a modificar y mejorar el propio cuerpo, la cognición y las emociones”.

Hasta la fecha, la revolución transhumanista ha motivado aplicaciones más o menos humildes, demostraciones de biohacking que aspiran a romper –simbólicamente– las limitaciones inherente al cuerpo humano. Un ejemplo de ellos es el inglés Neil Harbisson –el de la foto superior–, que lleva una antena implantada en la cabeza mediante la cual puede oír los colores y percibir cromatismos invisibles, como los ultravioletas. En realidad lo suyo tiene ánimo performativo: no le mejora gran cosa, pero invita a soñar con un futuro de infinitas posibilidades.

El cyborg Neil Harbisson

El biohacking es, de hecho, el campo de pruebas del transhumanismo. En los últimos años un ejércitos de inventores-informáticos han empezado a implantarse microchips en el cuerpo con intereses médicos –medición del ritmo cardíaco, mover el diafragma– y otros más banales –abrir puertas, desbloquear el teléfono, iniciar sesión en el ordenador–. Esos ensayos son antecedentes de, supuestamente, un futuro próximo en el que las prótesis nos proporcionarán la fuerza o la habilidad que nunca tuvimos.

Para, finalmente, curar la muerte… ¿Qué locura es esa? ¿Es el vaticinio de un friki con pocas horas de sueño? No. En realidad esta idea tiene predicamento entre algunas de las grandes mentes del Silicon Valley: Ray Kurzweil, director de Ingeniería de Google, se encuentra entre sus principales teóricos. Éste ha sugerido que para 2045 tendremos la tecnología necesaria para fusionar nuestra conciencia con las máquinas.

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Profundicemos un poco en esta idea. Los transhumanistas prevén que llegará un día en el que los humanos podremos subir el contenido de nuestro cerebro a un espacio compartido de manera virtual. Algo así como descargarnos en un dispositivo. La mente humano-máquina se libraría de la cárcel del cuerpo para recorrer el universo cargándose a placer sobre “un sustrato computacional adecuadamente poderoso”.

La eterna juventud según los tecnófilos. El infierno de Matrix según los tecnófobos.

Estos son propósitos remotos y a priori extravagantes, pero también impredecibles. De hecho, los avances en ingeniería biológica –relacionados con lo expresado hasta ahora– se han precipitado sin apenas previsión. Así lo cuenta el periodista Joi Ito, de la reputada Wired: “El renombrado genetista George Church, de Harvard, me dijo que los avances en la ingeniería biológica están llegando tan rápido que no podemos predecir cómo se desarrollarán en el futuro. Crispr, una tecnología de edición de genes de bajo coste que está transformando nuestra capacidad de diseñar y editar el genoma, fue completamente imprevista; los expertos pensaron que era imposible … hasta que no lo fue”.

El genetista Church considera que la reversión de la edad parecerá una cuestión plagada de problemas … hasta que deje de serlo. Actualmente se está experimentando con la reversión de la edad en perros usando la terapia genética que ha tenido éxito en ratones, una técnica que, según el investigador, es la más prometedora en cuanto  a mortalidad y envejecimiento.

La investigación de Church y compañeros del ramo son prometedoras en muchos sentidos, también en el tratamiento contra enfermedades arrolladoras. También en su potencial vinculación con el desarrollo tecnológico anteriormente mencionado. La máquina al servicio de la carne y viceversa. “Mi apuesta es que alargaremos significativamente, si no eliminaremos, la noción de “vida útil natural”, aunque es imposible predecir exactamente cuándo”, termina diciendo Joi Ito.

Los dilemas de la tecno-inmortalidad

Hasta el momento, el avance tecnológico que permite mapear el cerebro y descargar la consciencia en una nube virtual para regatear la mortalidad de la carne sigue siendo una teoría sin implicaciones reales, pero aún en su estado actual, teórico, plantea serios dilemas morales.

El pensamiento transhumanista está cobrando forma –sobre todo– en el imaginario colectivo de un grupo muy reducido: intelectuales y científicos de países occidentales con cierto poder adquisitivo. Países en los que se tiene una relación terrorífica con la muerte incluso natural, donde ésta se entierra debajo de la tristeza, la vergüenza y el tabú.

En parte, por eso es en Estados Unidos y Europa donde más recursos se están invirtiendo en revertir los efectos del envejecimiento mediante aplicaciones tecnológicas. Esta sería una razón, pero no la única: estos países pertenecen a la región más rica del mundo, de modo que si se lograra potenciar el cuerpo humano por medio de técnicas no biológicas, estas mejoras ampliarían la brecha con los países menos pudientes. La revolución transhumanista, dicen algunos, profundizará las brechas de la sociedad actual.

Y esa es una de las grandes preguntas que surgen en este incipiente debate: ¿hasta qué punto el transhumanismo tiene la capacidad de reparar las grandes crisis sociales? Con este escenario, ¿los dictadores durarán para siempre? ¿Hasta cuándo aguantarían los recursos del planeta? ¿Será la vida infinita un servicio premium acaparado por gigantes empresas tecnológicas? ¿Y si me aburro, me desconecto sin más?

Obviamente, ante semejante hipótesis, nuestros sistemas sociales, filosóficos y morales saltarían por los aires. Habría que replantearlo todo de nuevo. Aprender a vivir para siempre en un flujo de datos con conciencia de sí mismos. Perdurar y que merezca la pena. Pero eso será mañana. No juguemos al ‘cuento de la lechera’: hoy tratemos de llegar a la cama sanos y salvos.

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Esta cuestión se presta al escepticismo; hemos presentado la corriente de pensamiento sin posicionarnos sobre ella. En tu caso, si quieres ampliar información, puedes empezar por ver  esta entrevista  que le hace Iñaki Gabilondo al transhumanista español más famoso, José Luis Cordeiro.