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Fútbol y tecnología: una relación alimentada por el debate

10 mayo, 2018

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Fútbol y tecnología: una relación alimentada por el debate

Mientras las federaciones futbolísticas de medio mundo debaten si implantar o no el famoso VAR (video assistant referee, árbitro asistente de vídeo), hay una tecnología diferente que de verdad está conquistando y ampliando las fronteras del deporte rey. Esta tecnología, la conoces, se llama GPS.

El 17 de junio, Marcelo, Neymar y Coutinho saltarán al césped del Rostov Arena, en Rusia, para disputarle a Suiza los tres puntos en el Mundial de Fútbol 2018. El equipo de Tite vestirá su característica camiseta amarilla y, debajo, cada jugador portará un chaleco negro.

Ese chaleco no es ningún complemento estético de su marca deportiva; se trata de un elemento de compresión con un dispositivo de rastreo insertado en una bolsa entre los omóplatos. Dentro viaja la Apex, un pequeño dispositivo negro equipado con una serie de sensores. Estos incluyen un GPS para rastrear la posición, acelerómetros para medir el paso, giroscopios para medir la orientación en 3 dimensiones y magnetómetros para registrar la dirección del desplazamiento. Además, el dispositivo contiene un procesador que sintetiza datos y calcula, en tiempo real, métricas de rendimiento como la distancia recorrida y el número de sprints completados.

En resumen: el big data se asienta en el fútbol. En los últimos 20 años, el uso de dispositivos portátiles GPS en el deporte ha crecido de manera espectacular. La compañía Catapult Sports desarrolló su primer prototipo en 2000, un tubo de tres pulgadas orientado a recoger información en bruto. “Pensamos que era increíble que pudiéramos obtener ese tipo de información de algo tan pequeño”, recuerda el científico Allan Hahn en declaraciones recogidas por The Economist.

En la época en la que sacaron al mercado el ingenio tuvo un recorrido limitado, pero hoy el dispositivo de Catapult controla los movimientos de más de 100 equipos de fútbol en todo el mundo, 19 equipos de fútbol americano, 18 franquicias de baloncesto –incluyendo Golden State Warriors– y los centros de alto rendimiento que desarrollan los programas olímpicos de 25 países.

Pese a que los dispositivos GPS portátiles han sido una constante en los campos de entrenamiento de medio mundo, en febrero de 2015 la Asociación Internacional de Fútbol aprobó el uso del seguimiento electrónico en partidos oficiales, justo a tiempo para el Mundial Femenino de Fútbol del mismo año, organizado en Canadá. Siguiendo con esa línea, en marzo de este año la FIFA anunció que los analistas del equipo ahora también podrían transmitir datos y comunicarse con los entrenadores a tiempo real.

Por primera vez, la información reunida tiene la capacidad de influir en el desarrollo de un partido. Los entrenadores serán informados del rendimiento de un jugador, tanto en su momento álgido como el decrecimiento de su energía durante un partido. Teóricamente esta información conducirá a repartir mejor el tiempo de participación entre todos los jugadores de la plantilla y éstos aprovecharán mejor sus picos de energía.

La tecnología implicada en estos dispositivos permite registrar mediciones en centésimas de segundo, diseccionando y cuantificando la dimensión física del deporte en sus diversos componentes: desde la distancia total recorrida –en tiempo real– hasta el número de aceleraciones; desde la frecuencia cardiaca hasta la fuerza de los impactos  de las entradas. Como los datos se registran en entrenamientos y partidos, los entrenadores tienen la capacidad de comparar para saber si sus pupilos han llegado bien preparados al encuentro.

También sirve para medir las diferencias entre el campeonato doméstico y el Mundial, con la idea de poder calibrar bien las fuerzas. Según explica Guilherme Ramos, fisiólogo de la Confederación Brasileña de Fútbol, ​​la utilización de estos dispositivos sirve también para que un jugador dispute los partidos pequeños con la misma intensidad que jugaría un partido del Mundial. Conocer su límite de rendimiento ayuda a saber hasta dónde le podemos pedir.

¿En qué influye esta información? En dos cuestiones: la primera es que ayuda a reducir las lesiones provocadas por el sobresfuerzo. Esa es la utilidad más evidente y menos cuestionable. Nadie quiere exponerse a una lesión, si tenemos una herramienta para prevenirlas: ¿por qué no utilizarla? La segunda cuestión está relacionada con la competición y presenta algunas implicaciones éticas. Si se cuantifica cada paso que da el jugador, si esa información se agrupa y se descodifica con la intención de convertirle en un autómata perfecto, una especie de burócrata del fútbol atenazado por el big data que produce… ¿sigue siendo fútbol? ¿Dónde quedan la filigrana gratuita, la impresivilidad o el azar?

Una pregunta más: si un equipo, gracias a su alianza con la tecnología, aumenta exponencialmente su rendimiento frente al de sus rivales directos, que no pueden costearse la misma tecnología; ¿podríamos hablar entonces de dopaje tecnológico?

Ahora veámoslo desde el lado contrario: si pudiéramos ver a Messi o Ronaldo a pleno rendimiento en cada partido, ¿no lo agradeceríamos? Si nos ofrecieran la posibilidad de ver a equipos compitiendo al máximo de sus capacidades en un espectáculo de fútbol total, ¿no lo celebraríamos? El debate sobre la intromisión de la tecnología en el fútbol lleva tiempo atado a la aplicación del VAR, pero pocas voces, de momento, se han pronunciado en términos de rendimiento. Impulsar el fútbol tecnologizado podría eliminar el factor sorpresa pero oponerse a él parece una nueva forma de ludismo. Pura nostalgia. Con el tiempo, veremos dónde se fija el punto de equilibrio.